martes, 19 de septiembre de 2017

El Chumbo

Rodolfo Mambo Cantalapiedra, alias “El Chumbo”, falleció ayer a las siete y cuarto p.m.

El doctor certificó su defunción exactamente doce horas después.

Como era un verdadero cachondo, los allí presentes fueron turnándose todo ese tiempo (al principio alguno de ellos sin poder contener la risa) para comprobar que el muy pendejo había palmado y no estaba aguantando la respiración.

Si de partida no hubiera estado verdaderamente muerto sino que se hubiera tratado de otra de sus bromas pesadas, es claro que aquella pertinaz vigilancia habría acabado con él de todas formas, pues el bueno de Rodolfo no era de los que daba su brazo a torcer así como así, y hubiera preferido morir de asfixia mucho antes que delatarse. Tenía que ser él quien por voluntad propia destapara cada una de las mil estratagemas en que solía meterse (y meternos): “Agarra esa, que viene con efecto... ”, decía al descubrirse, y soltaba una risotada malévola.

Los párpados le fueron bajados manualmente a las dos y veinte a.m., por miedo a que el rigor mortis, en el peor de los supuestos, pudiera impedirlo más adelante. Se le abrieron de forma espontanea dos minutos después, tenía las pupilas dilatadas. Y tras varios intentos infructuosos más, le fueron pegados con los de abajo en algún momento en el transcurso de la media hora siguiente. La cinta aislante usada a tal efecto era una macana mugrosa de las muchas que había en la vivienda.

Había muerto de repente. Sin un mínimo síntoma que levantara sospechas sobre su salud. Sin un mal dolorcillo que hubiera merecido cierta preocupación por parte de sus allegados. Sin dejar en toda la casa una miserable botella, aunque fuera de Marie Brizard, que pudieran haberse llevado al gaznate sus abnegados allí presentes.

Y es que, sobre todo en sus últimos años, Rodolfo practicaba una frugalidad que rayaba en lo excéntrico. Más, según él, no se privaba de nada.

Esa extraña afirmación, que repetía de continuo, siempre me resulto enigmática, y cuando se le reclamaba insistentemente alguna aclaración, él, como única respuesta, tomaba un voluminoso cuaderno que siempre tenía a mano y tratando de no exteriorizar una sonrisa lánguida y bobalicona lo acunaba tiernamente en su regazo.

A las cuatro en punto de la madrugada, resignado apenas a la irreparable pérdida (caso de producirse efectivamente) y con un hambre canina, después de tragarme sin demasiada convicción dos trozos mohosos de rosco que encontré en la despensa, tuve la idea de rebuscar por todos lados hasta dar con el dichoso cuaderno. 

¿Sería un diario, un borrador de dibujos, una novela… tal vez sus memorias?. Mucha guasa era lo que tenía “El Chumbo”…  a saber si aquella no sería otra de sus burlas. Pero, en caso contrario, ¿por qué no podía heredar yo aquel tesoro, o por lo menos retenerlo el tiempo suficiente para salir de dudas?. Al fin y al cabo era uno de los mejores amigos y puede que el más curioso de todos.

A pesar de las horas intempestivas la gente continuaba  alborotada, sobre todo un grupito que se organizaba desde la sala del velorio para dar repetidos viajes, de dos en dos, al cuarto de baño. Yo también debía organizarme si quería salir de allí a buena hora cuaderno en ristre.

A ver, rebobinemos:

Rodolfo dejó de moverse de repente mientras participaba en un encendido debate sobre el “uso y abuso de los profilácticos con sabor a frutas” que mantenía con una nutrida concurrencia, hallándose ligeramente recostado en el sillón orejero situado siempre junto a la mesa camilla, así que el cuaderno no debía andar muy lejos de allí.

Me dirigí de inmediato al salón para comprobarlo y no hallé nada sobre la mesa. Revisé las sillas una por una, el sillón… nada. Me asaltó la duda, ¿se me habrían adelantado?. Busqué y rebusqué nerviosamente girando la cabeza en todas direcciones.

En el aparador, posado en un pliegue surrealista sobre la fría tapa de mármol, había un moquero recién usado. ¡Ni rastro del cuaderno!.

No sé porqué ese pañuelo (que llevaba bordadas las iniciales PR) me retrotrajo al momento fatídico:

En vista de que Rodolfo no intervenía en la conversación hacía más de media hora, sabiendo el personal que aquello no indicaba nada bueno, por inhabitual, y observando que, a pesar de mantener los ojos bien abiertos, ni siquiera el cuaderno (¡ohhh… ahí lo tenéis!) que yacía en su pecho se movía un ápice -delatando que los pulmones no estaban trabajando en absoluto, o, si acaso, muy por debajo de lo que sería conveniente-, en determinado momento todos parecimos ponernos de acuerdo en rebajar el volumen de nuestras palabras hasta que el silencio se hizo absoluto.

Orientamos inconscientemente la mejor oreja (la del teléfono) para captar el más mínimo aliento que pudiera exhalar nuestro calladísimo anfitrión. Al no movérsele ni un pelo del bigote, PR se levantó alarmada y, susurrándole al principio y casi zarandeándole después, trato de obtener una señal que lamentablemente no se produjo.

Casi al tiempo, todos nos precipitamos sobre “El Chumbo” -algunos con franca incredulidad y una ostensible mueca de cachondeo, aunque,  siguiéndole la chanza- y lo llevamos en volandas  hasta recostarlo en el lecho. Solo PR quedó en el salón, gimoteando.

Deduzco que, para facilitar aquella primera maniobra, alguien tuvo que haberle quitado el cuaderno de encima, o recogerlo del suelo, tal vez sin tomar consciencia de lo que cogía y soltándolo probablemente poco después, en un gesto automático, en cualquier parte camino del dormitorio. No obstante, si como hubiera sido muy normal, el librillo no salió del salón en aquel momento, PR tenía más papeletas que nadie para haberse hecho con él.

Después de revisar el suelo en torno a la mesa, enfilé el pasillo y comprobé todos los rincones… ¡nada!.

Cuando entré de nuevo en la alcoba aquello parecía un mercado en hora punta, o mejor, una timba en un Saloon del lejano Oeste. Tuve que abrirme paso entre los que hacían tiempo echando una cuatrola, los del mentiroso y otros que habían improvisado en el pasillo del armario unos bolos con cascos vacíos de Mahou que derribaban con una toalla enroscada a modo de bola.

Únicamente PR estaba sentada ya junto a la cama del muerto. Parecía abatida. Tenía el cuaderno en sus manos, y, sujetándolo en apariencia sin darse ni cuenta, como si aquello fuera algo neutro e intrascendente, lo balanceaba con suavidad mientras canturreaba con la mirada perdida en el infinito.

Continuará...

(( Sería extenso contaros como conseguí hacerme, por fin, con el dichoso cuaderno y tal vez escabroso para este santo lugar entrar en detalles de este tipo. Quizá en otro momento. Valga decir simplemente que aquí lo tengo, y como lo mío es vuestro, si alguien está interesado, en cuanto yo mismo termine de echarle un vistazo, se lo abriré por el principio, se lo plantaré en las narices y que cada cual saque sus propias conclusiones ))

miércoles, 10 de mayo de 2017

Cantigas en memoria de Christopher

Hilarante y gloriosa la que se pegó
contra el suelo desde el campanario,
En él se aplicaba, rezando el rosario,
cuando Christopher se obcecó.

(I)

Guardaba como el más preciado hábito,
en medio de sus frecuentes jaculaciones,
sentarse dócilmente a los pies del lecho,
zascarse dos o tres latigazos de provecho
y aliviar de inmediato las hinchazones
dejándose caer hacia atrás, como ingrávido.

El intenso placer que se proporcionaba
recostando su dolor sobre la sábana fría,
a Christopher dulcemente lo reconfortaba,
mas, en conciencia, dicha práctica reprobaba
porque, tal vez así, la ofrenda se reducía,
al ser la penitencia prontamente consolada.

Por ponerse alguna suerte de traba
pensó -iluso, ¡malaya fue la hora!-
en un lugar piadoso que le ayudara
a ser, por fin, penitente sin mejora.
Y así, cuando ya languidecía la tarde,
iluminado, se puso en marcha sin demora,
y dirigiose hacia la torre, en fatuo alarde,
asiendo al paso rosario y cantimplora.

Como sabiamente cantara el trovado:

"Presto se toman absurdas decisiones
cual si todo lo hubiéramos madurado,
que luego nos conducen, por huevones,
a patear como loco en un sembrado".

Lo que a continuación le sucedió,
creo que lo intuiréis fácilmente,
pero no está de más que os lo cuente
por si algún despistado se perdió.

(II)

Del relato paso a tocar solo lo importante:
En lo que para él fue sin duda una semana,
consiguió Christopher subir hasta la campana,
igual que si hubiera coronado un ocho mil.
Lo dejó la escalada dolorido y renqueante,
su paso, en la horizontal, harto vacilante,
con un ánimo feroz de maltratar la cama
o en su defecto, tirarse en lo fresco a morir.

En medio de finos resuellos
nuestro héroe así susurraba:

"Ya todo me importa nada,
pues rebuscando no encuentro
cosa que usar como almohada,
algo que me alivie, un ungüento,
o, cuando menos, una pomada"

A quién se le ocurre, ¡alma cántaros!
con ese cuerpo fofo de mollas,
lanzarse como un lelo a conquistar Troya,
endilgándose ciento cincuenta peldaños.

Nadie sabe de cierto tras cuanto tiempo
hallóse el pobre, al fin, más recuperado.
Viéndose allí en lo alto, desparramado,
se incorporó lentamente con gran tiento,
y al asomarse apenas a la ventana
con el claro fin de recuperar el aliento,
de refilón, componiéndose en su aposento,
creyó percibir una bella y casi desnuda dama.

Aunque fuera escaso su ánimo de baile,
sabemos que un dulce a nadie amarga,
y aún menos, con aquellas piernas tan largas...
Tanto rizo y tanta curva, desubicaron al fraile.

A decir verdad, pareció que del calor se sobrepuso
y quiso comenzar a rezar mientras se hacía unos largos
de un extremo a otro de la torre -como poco, intentarlo-
porque su devota excursión no se tornara en abuso.

Más, como vuesas mercedes saben, por experiencia,
primero se aplaca el sexo, y luego la conciencia.

Entre tanto caminaba, ya que a veces le tocaba,
aún entornando los ojos, dar de bruces con la escena,
por mucho que rezara y en su mente suplicara,
allí no cabía mas nada que la carnes de la nena.

Fue en uno de dichos tropiezos,
en el que a la ventana regresaba,
vio cómo la diosa se escudriñaba
abiertas de piernas frente al espejo.

(III)

Trocado, por fin, fraile en pendejo,
asomóse al ventanal, cual equilibrista,
forzando muy bien la vista
para que no le pillara tan lejos.
Mas, sus escasas dotes de artista
perdieron pié, como por embrujo,
según todo el pueblo dedujo
al no descubrir ninguna otra pista.

La coplas cantaron con desparpajo
que se enganchó del revés en la barandilla.
Un instante fue lo que colgó, cual badajo,
suficiente para escarnio de toda la villa,
pues, entre la sotana, saliale erecto, su carajo.

El cura del pueblo como era tan básico,
en su tumba escribió el siguiente epitafio:

"Aquí yace el Santo Cristobalón
-así lo llamaban coloquialmente.
Descojonose en el suelo la frente
tras sufrir un gran calentón".

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