miércoles, 10 de mayo de 2017

Cantigas en memoria de Christopher

Hilarante y gloriosa la que se pegó
contra el suelo desde el campanario,
En él se aplicaba, rezando el rosario,
cuando Christopher se obcecó.

(I)

Guardaba como el más preciado hábito,
en medio de sus frecuentes jaculaciones,
sentarse dócilmente a los pies del lecho,
zascarse dos o tres latigazos de provecho
y aliviar de inmediato las hinchazones
dejándose caer hacia atrás, como ingrávido.

El intenso placer que se proporcionaba
recostando su dolor sobre la sábana fría,
a Christopher dulcemente lo reconfortaba,
mas, en conciencia, dicha práctica reprobaba
porque, tal vez así, la ofrenda se reducía,
al ser la penitencia prontamente consolada.

Por ponerse alguna suerte de traba
pensó -iluso, ¡malaya fue la hora!-
en un lugar piadoso que le ayudara
a ser, por fin, penitente sin mejora.
Y así, cuando ya languidecía la tarde,
iluminado, se puso en marcha sin demora,
y dirigiose hacia la torre, en fatuo alarde,
asiendo al paso rosario y cantimplora.

Como sabiamente cantara el trovado:

"Presto se toman absurdas decisiones
cual si todo lo hubiéramos madurado,
que luego nos conducen, por huevones,
a patear como loco en un sembrado".

Lo que a continuación le sucedió,
creo que lo intuiréis fácilmente,
pero no está de más que os lo cuente
por si algún despistado se perdió.

(II)

Del relato paso a tocar solo lo importante:
En lo que para él fue sin duda una semana,
consiguió Christopher subir hasta la campana,
igual que si hubiera coronado un ocho mil.
Lo dejó la escalada dolorido y renqueante,
su paso, en la horizontal, harto vacilante,
con un ánimo feroz de maltratar la cama
o en su defecto, tirarse en lo fresco a morir.

En medio de finos resuellos
nuestro héroe así susurraba:

"Ya todo me importa nada,
pues rebuscando no encuentro
cosa que usar como almohada,
algo que me alivie, un ungüento,
o, cuando menos, una pomada"

A quién se le ocurre, ¡alma cántaros!
con ese cuerpo fofo de mollas,
lanzarse como un lelo a conquistar Troya,
endilgándose ciento cincuenta peldaños.

Nadie sabe de cierto tras cuanto tiempo
hallóse el pobre, al fin, más recuperado.
Viéndose allí en lo alto, desparramado,
se incorporó lentamente con gran tiento,
y al asomarse apenas a la ventana
con el claro fin de recuperar el aliento,
de refilón, componiéndose en su aposento,
creyó percibir una bella y casi desnuda dama.

Aunque fuera escaso su ánimo de baile,
sabemos que un dulce a nadie amarga,
y aún menos, con aquellas piernas tan largas...
Tanto rizo y tanta curva, desubicaron al fraile.

A decir verdad, pareció que del calor se sobrepuso
y quiso comenzar a rezar mientras se hacía unos largos
de un extremo a otro de la torre -como poco, intentarlo-
porque su devota excursión no se tornara en abuso.

Más, como vuesas mercedes saben, por experiencia,
primero se aplaca el sexo, y luego la conciencia.

Entre tanto caminaba, ya que a veces le tocaba,
aún entornando los ojos, dar de bruces con la escena,
por mucho que rezara y en su mente suplicara,
allí no cabía mas nada que la carnes de la nena.

Fue en uno de dichos tropiezos,
en el que a la ventana regresaba,
vio cómo la diosa se escudriñaba
abiertas de piernas frente al espejo.

(III)

Trocado, por fin, fraile en pendejo,
asomóse al ventanal, cual equilibrista,
forzando muy bien la vista
para que no le pillara tan lejos.
Mas, sus escasas dotes de artista
perdieron pié, como por embrujo,
según todo el pueblo dedujo
al no descubrir ninguna otra pista.

La coplas cantaron con desparpajo
que se enganchó del revés en la barandilla.
Un instante fue lo que colgó, cual badajo,
suficiente para escarnio de toda la villa,
pues, entre la sotana, saliale erecto, su carajo.

El cura del pueblo como era tan básico,
en su tumba escribió el siguiente epitafio:

"Aquí yace el Santo Cristobalón
-así lo llamaban coloquialmente.
Descojonose en el suelo la frente
tras sufrir un gran calentón".

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